Sobre el anticristianismo | Stirner y el derecho del ser

«Stirner inmediatamente enfrenta el problema del Derecho en las primeras páginas introductorias destacando lo que el Ser (y no el Hombre), reducido a simple sujeto-ciudadano, está llamado a no ser: “ser egoísta”. “Únicamente mi causa no puede ser nunca mi causa. ‘Vergüenza del egoísta que no piensa más que en sí mismo’”. El autor de El único y su propiedad destruye esta supuesta verdad que no es sino una mentira perpetuada y consolidada, aun ahora, debido a un Cristianismo dominante. La causa de Dios y del Hombre no es mi preocupación, ésa no es mi causa. No hay una causa, sea la Humanidad, la verdad, la moral, la ética, etc, no me arrodillo ante causas superiores, en vez de eso, hago mi propia causa y mi fin, y llego a ser y soy un egoísta. […] Nosotros no vamos a ser el hijo pródigo sometido únicamente a la transgresión juvenil, ni vamos a ser un regalado Raskolnikov, nosotros mataremos al viejo usurero y a su hermana con todo lo que esté a nuestro alcance y nos enfrentaremos a lo que siga, usurparemos el derecho de decidir lo que es bueno y lo que es malo, arrancando enérgicamente las espinas de la claudicación sin caer en el sentimiento de culpa inculcado por el cristianismo. Nunca ofreceremos nuestras muñecas deliberadamente a los grandes inquisidores, más bien nos lanzaremos en el abismo del inconsciente con el fin de recuperar el Yo, cayendo de nuevo en el vacío y en la oscuridad vamos a poder mirar en la cara a la realidad material y no nos colgaremos como Smerdijakov si no es por nuestra propia voluntad, ni caeremos en la fiebre cerebral, una fiebre fría de locura y culpa, la misma fiebre del genio filosófico de “todo está permitido”, inmortalizado en Iván Karamazov. No, la metafísica del obispo de Roma y su teología entera avanza para aniquilar al único, a la nada, al creador, al Yo». 

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Nietzsche y el primer antisistema | el pensar de Nietzsche como ejercicio cínico

«A Nietzsche, Diógenes y el cinismo le seducen. Diógenes se transforma en un telón de fondo del pensamiento de Nietzsche. Un telón de fondo que no remite a ideas o conceptos sino a cierto talante, actitud, ethos, principalmente a la filosofía como experimento de sí mismo. En Nietzsche, lo que hemos denominado “retórica del cuerpo” se expondría en aquello que este texto intentará desarrollar: un cuerpo enfermo que es capaz de subvertir y transvalorar (es su intento), la decadente modernidad o la polis moderna, la moneda en curso. Todo el presente texto tiene, insistimos, el guiño respecto a dicha retórica. Es por ello que este texto más que un estudio de Diógenes y Nietzsche, es el descubrimiento del pensar de Nietzsche como ejercicio cínico, perruno, irónico, precisamente en aquello que indicábamos: la invención retórica de sí mismo, el estilo, y el cuerpo como asunto del pensar. La crítica que Nietzsche realiza a la moral y que ilumina toda su escritura. La moral sería veneno contra la vida, precisamente en la medida que se presenta como remedio, como curación de la enfermedad de vivir. En este caso es Nietzsche quien presenta el problema desde una transvaloración: es la moral la que ha transvalorado, invertido, se ha vuelto contranaturaleza, por odio a la vida, ha puesto la sanidad y la salud en otra parte y lugar, en un topos sin topos, esto es la enfermedad del idealismo y la moral. Para Nietzsche, por el contrario, la enfermedad no es un castigo, una deuda impagable, sino, precisamente, como aquel motor necesario para vivir. Así, no hay remedio, no hay curación, sino permanente lucha, permanente superación, convirtiendo a la filosofía en experimento, donde la escritura pone de manifiesto dicho experimento que intenta superar aquello que somos, aquello enfermo en nosotros».

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Tiqqun, un llamamiento | resplandores

«Nada le hace falta al triunfo de la civilización. Ni el terror político ni la miseria afectiva. Ni la esterilidad universal. El desierto no puede crecer más: está por todas partes. Pero aún puede profundizarse. Ante la evidencia de la catástrofe, están los que se indignan y los que toman acto, los que denuncian y los que se organizan. Nosotros estamos del lado de los que se organizan. Que un régimen social agonizante no tenga ya otra justificación para su arbitrariedad que su absurda determinación —su determinación senil— a simplemente durar; que la policía, mundial o nacional, haya recibido un pleno uso para poner en su lugar a los que se salgan de la raya; que la civilización, herida en su corazón, no encuentre ya en ninguna parte, en la guerra permanente a la que se ha lanzado, otra cosa que sus propios límites; que esta fuga hacia adelante, ya casi centenaria, no produzca ya sino una serie ininterrumpida de desastres cada vez más próximos; que la masa humana se acomode a golpe de mentiras, de cinismo, de embrutecimiento o de pastillas a este orden de las cosas, nadie puede pretender ignorarlo.

Y el deporte que consiste en describir interminablemente, con una complacencia variable, el desastre presente, es sólo otro modo de decir: “Es así”; el premio a la infamia le corresponde a los periodistas, a todos aquellos que, cada mañana, hacen como si descubrieran nuevamente las inmundicias que constataron el día anterior». 

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«La secta del perro»; los primeros antisistema

Nuestra edición a diferencia del que podéis descargar, contiene más artículos relacionados con Diógenes de Sinope, Nietzsche, Hiparquía junto a Crates, finalizando con una breve reflexión, sobre la anulación total, la civilización y sus costumbres y morales sociales. 


«Disciplinadas, organizadas en comunidad, ejemplarmente laboriosas, las abejas son para algunos pensadores griegos un paradigma de civilidad. En el otro extremo, sin embargo, está el perro, pese a que no es una fiera salvaje, sino un compañero fiel del hombre, doméstico y domesticado. Pero el perro es muy poco gregario, es insolidario con los suyos, y está dispuesto a traicionar a la especie canina y pasarse del lado de los humanos, si con ello obtiene ganancias; es agresivo y fiero, o fiel y cariñoso, según sus relaciones individuales. Vive junto a los hombres, pero mantiene sus hábitos naturales con total impudor. Es natural como son los animales, aunque convive en un espacio humanizado. Participa de la civilización, pero desde el margen de su propia condición de bruto. Uno diría que comparte con el esclavo —según la versión aristotélica— la capacidad de captar algo de la razón, del lógos, en el sentido de que sabe obedecer las órdenes de su amo, pero no mucho más. Es sufrido, paciente, fiero con los extraños, y se acostumbra a vivir junto a los humanos, aceptando lo que le echen para comer. Es familiar y hasta urbano, pero no se oculta para hacer sus necesidades ni para sus tratos sexuales, roba las carnes de los altares y se mea en las estatuas de los dioses, sin miramientos. No pretende honores ni tiene ambiciones.

Diógenes de Sínope es la figura más emblemática de este movimiento. Fue el primero en recibir el apelativo de perro y del que más leyendas se cuentan. Quienes comenzaron a apodar a Diógenes de Sinope «el Perro» tenían muy probablemente intención de insultarle con un epíteto tradicionalmente despectivo. Pero el paradójico Diógenes halló muy ajustado el calificativo y se enorgulleció de él. Había hecho de la desvergüenza uno de sus distintivos y el emblema del perro le debió de parecer pintiparado para expresión de su conducta.

Llamados “Cínicos”, este movimiento intelectual negaba los valores de la civilización; actuaban frente a las normas y convenciones; renegaban del consumo y la esclavitud de las cosas superfluas; Reivindicaban la libertad auténtica frente a cualquier institución familiar, social o moral y todo ello lo realizaban a la antigua usanza, desde una actitud activa que incluía sátiras, críticas, humor corrosivo y un comportamiento desvergonzado hasta el límite de lo grosero, incluso traspasándolo en algunas ocasiones. Una forma de vida al margen de convencionalismos pero en contacto continuo con los “ciudadanos” para convertirse en espejo de las hipocresías y contradicciones de los que viven en un sin vivir sometidos a las normas de la sociedad».

Páginas: 113
PVP: 7,50€

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La lucha contra el Estado | Néstor Majnó

«El hecho de que el Estado moderno sea una forma organizativa autoritaria sustentada en la arbitrariedad y la violencia sobre la vida social de los trabajadores es independiente de que sea «burgués» o «proletario». Descansa sobre el centralismo opresivo, surgido de la violencia directa de una minoría sobre una mayoría. Los resortes del Estado para imponer y fortalecer la legalidad de su sistema no son sólo las armas y el dinero, sino también potentes armas de manipulación psicológica. Con la ayuda de tales armas, un reducido grupo de políticos ejerce su represión psicológica sobre toda la sociedad y, en particular, sobre las masas laboriosas, condicionándolas para que desvíen su atención de la esclavitud instituida por el Estado». 

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La bestia de la propiedad y el origen del capital moderno | Johann Most

«Cuando el obrero no tiene trabajo, se encuentra de nuevo a la merced de una horda de especuladores del hambre dispuestos a saltarle por encima para completar su ruina. Los usureros, y otros prestamistas de la misma calaña, le adelantan pequeñas sumas de dinero, a una tasa de interés elevada, a cambio de los haberes que aún le quedan al pobre. Los contratos están tan bien construidos que es casi imposible respetarlos: los objetos desposeídos como prenda son confiscados y el pobre arruinado se hunde en la miseria más completa. Los estranguladores, por el contrario, amasan su fortuna en poco tiempo. El mendigo es considerado por alguno de esos tiburones como un buen pagador. Cada centavo provoca la codicia del propietario de las pocilgas y otros antros innobles. Hasta los ladrones son objeto de esta expoliación capitalista, se les transforma en esclavos de audaciosos encubridores y de alcahuetes que compran las mercancías robadas a cambio de migajas. Si, hasta a esas mujeres sin fortuna, que el execrable sistema actual conduce a la prostitución, los propietarios de los burdeles y de las “casas de mal vivir” las estafan sin vergüenza alguna. Este es el lote del pobre, desde la cuna hasta la tumba, cuando produce o consume está rodeado siempre de vampiros feroces, sedientos de su última gota de sangre. Del otro lado esta el hombre rico que, a pesar de su incapacidad de justificar su avidez, no para su trabajo de explotación. El que posee 3.000.000 de dólares quisiera tener 10.000.000, el que tiene 100.000.000 quisiera 1.000.000.000.

La sed de riqueza y la sed de poder son gemelas. La riqueza no genera únicamente más riqueza, sino que da luz también al poder político. Bajo el sistema capitalista actual la venalidad es un vicio generalizado. La regla se resume al precio que hay que pagar para comprar a aquellos que, a través de sus discursos o su silencio, por la pluma o por los medios de comunicación, por sus actos de violencia o todo otro medio, se ponen al servicio de la “bestia de la propiedad” que por sus dictámenes en oro, sigue siendo el poder absoluto, la verdadera divinidad».

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Habla Louis Lingg | Extracto de “Los mártires de Chicago”

«Me acusáis de despreciar la ley y el orden. ¿Y que significan la ley y el orden? Sus representantes son los policías, y entre éstos hay muchos ladrones. Aquí se sienta el Capitán Schaack. El me ha confesado que mi sombrero y mis libros habían desaparecido de su oficina, sustraídos por los policías. ¡He ahí vuestros defensores del derecho de propiedad!

Mientras yo declaro francamente que soy partidario de los procedimientos de fuerza para conquistar una vida mejor para mis compañeros y para mí, mientras afirmo que enfrente de la violencia brutal de la policía es necesario emplear la fuerza bruta, vosotros tratáis de ahorcar a siete hombres apelando a la falsedad y al perjurio, comprando testigos y fabricando, en fin, un proceso inicuo desde el principio hasta el fin».  

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De ilusiones, sólo se consigue morir joven…

EXTRACTO DE “EN CUALQUIER CASO, NINGÚN REMORDIMIENTO”, NOVELA SOBRE JULES BONNOT, DE PINO CACUCCI.

«Jules, aunque dispuesto a reírse de todo y de todos, no le gustaba que le tomasen el pelo con las cosas de la “política”. Las raras veces que había aceptado discutir seriamente acerca del tema, ella sostenía que ideas de ese género servían solamente para abrillantar la hoja de la guillotina, y que la única esperanza de mejorar su vida consistía en tropezarse con un cliente con la cartera bien llena, para aligerarla y recomenzar en otro lugar. Quizás en esas tierras de ultramar, donde se decía que era fácil levantar un negocio si llegabas con ahorros considerables.

-Yo no me pudriré aquí- concluía siempre Nicolette-. Y en cuanto a la suerte de los oprimidos… conozco incluso demasiados, y me dan tanto asco como los opresores. Son todos iguales a la hora de levantarte la falda y follarte contra el muro…

Jules no insistía y la miraba fijamente con gesto perplejo, sacudiendo la cabeza. También él sabía cuan difícil era hablar de igualdad y solidaridad teniendo ante los ojos la bajeza de aquellos mismos miserables a los que se quería rescatar. Él, que había recibido latigazos de policías pobres, porrazos de carceleros igualmente pobres, humillaciones por parte de jefecillos pagados solamente con unos francos más que su subordinados, insultos y crueldad por parte de la mayoría de los desgraciados que había encontrado por el camino. Pero sentía que debía de haber algo, un medio, un método para convertir las ideas abstractas de sus libros en conciencia, en espíritu de hermandad, algo que transformarse la miseria en revuelta, que no se detuviese en la simple violencia gratuita a desahogar entre marginados. Los condenados de la tierra poseían una gran fuerza pero no eran conscientes de ello: la potencia devastadora que deriva del no tener nada que perder. Con la propaganda, con aquellos periódicos y aquellos libros, quizás…

-Vives de ilusiones, Jules -murmuraba Nicolette masajeándole los músculos contraídos y retorcidos en la base de la nuca-. Y con ilusiones, en estas calles llenas de bastardos y traidores, sólo se consigue morir joven.».


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El verbo | Albert Libertad

«Cuando todo parece dormido: los poderosos en un tranquilo farniente, los sufrientes en un sueño hecho de lasitud y agotamiento; cuando los gobernantes tunden a los gobernados, los sacerdotes y los sabios patentados corrompen al pueblo, los señores asfixian a sus siervos y los patrones roban a los obreros; cuando, en sangrientos choques, los hermanos de miseria cubren la tierra con lo mejor de sus venas bajo el ojo ferozmente enternecido de sus amos, cuando los miserables en uniforme protegen la propiedad frente a los miserables en camisa; ¿Qué es, pues, el Verbo? Es el grito largo tiempo contenido de los sufrimientos humanos. Es el odio hacia las cadenas morales y físicas; es el deseo de vida y de libertad».

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Catecismo revolucionario, el libro maldito de la anarquía

«En noviembre de 1869 un suceso provocó el pánico en Moscú. El cadáver de Iván Ivanovich Ivanov fue encontrado en el fondo de un estanque. Tras el crimen se escondía Sergéi Nechayev, un joven nihilista líder de una aterradora sociedad secreta llamada La Justicia del Pueblo, «el monje cruel de una revolución desesperada —escribió Albert Camus—, cuyo sueño más evidente era fundar la orden asesina que permitiría propagar y hacer triunfar por fin a la divinidad negra a la que había decidido servir». Pero había más: Nechayev no estaba solo. Se hablaba de células terroristas infiltradas en las ciudades más importantes del país y dispuestas a perpetrar asesinatos y atentados. Más tarde, se supo que el misterioso Nechayev no trabaja solo, sino que era un delegado de Mijaíl Bakunin. Todos temblaron ante la «divinidad negra». Bakunin y Nechayev, confiando en la llegada de una revolución aniquiladora e higiénica, firmaron El Catecismo Revolucionario, uno de los textos más polémicos, violentos y odiados de toda la historia, un documento que pronto inspiró a una nueva generación terrorista y que, al mismo tiempo, despertó la alarma entre los servicios policiales y entre la élite política. Poco después se descubrió que Nechayev había traicionado y robado al mismo Bakunin, cuya amistad con el nihilista le valió su expulsión de La Internacional. Dostoievski, a partir de estos acontecimientos, basó su famosa novela Los demonios, donde aparecen los personajes de Nechayev y Bakunin.

Este libro, que además de El Catecismo Revolucionario recoge textos y notas poco conocidas de Dostoievski y reveladoras cartas de Bakunin, narra uno de los episodios más apasionantes y fantásticos del siglo XIX, que sirvió para configurar el terrorismo moderno, las sociedades secretas políticas y las teorías de la conspiración. Esta es la increíble historia de Nechayev, «el primer terrorista» (Camus), una «abrumadora y sin par combinación de fanático, fanfarrón y maleducado» (E. H. Carr), y de la fascinación que este despertó en Bakunin, quien no dudó en calificarlo de héroe, conspirador profesional y creyente sin dios. Y también de Dostoievski, que dedicó buena parte de su vida a luchar contra los nihilistas, a los que calificó de «demonios».

PVP: 10€
Páginas: 168

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