El suicidio y su significante política; suicidio como linea de fuga

«Cuando hablo del suicida no hablo del loco, pueden existir suicidas locos y no, pero la evidencia empírica muestra que no hay co-relación verídica entre el suicidio y la locura, ni siquiera en la estadística o en la literatura al respecto, cuestión que la discursiva mediática y psiquiátrica de forma intencionada ha preferido ignorar, esto porque establecen como verdad pública la falacia de que el loco se encuentra en peligro de sí mismo, y posiblemente se encuentre en una situación peligrosidad pero no producto de su delirio – como dice la institución psiquiátrica – sino de las condiciones políticas y médicas de las que fue secuestrado, está en peligro de sus ataduras pero no de su locura. Condiciones de contexto, situaciones y estado de las cosas que nos pone a todos en un devenir suicida, locos y supuestos cuerdos.

El suicidio debe ser analizado no como un hecho general u objetivo sino como un conjunto de cuestiones fenomenológicas, desde entenderlo como producto de la sociedad a un suicidio como línea de fuga con significante de desorden y ruptura al sistema social. […] Debo advertir al lector que no pretendo analizar el suicidio y su significante política asociada desde la ambigüedad característica y cómoda del falso critico, tampoco desde la romantización de la vida, ni siquiera haciendo apología al suicidio como manifestación casi poética, sino a partir de una politización discursiva afín a la antipsiquiatría como corriente de resistencia a los soportes de la normalización psiquiátrica y sus aparatos de verificación asociados. También aclarar que no se quieren presentar o teorizar posibles causales que lleven a las personas a suicidarse, sí bien creo que todas ellas son producciones estimuladas por experiencias filosóficas, económicas y políticas –aún siendo por emociones individuales, responden a contextos políticos–, no quiero hacer una interpretación estadística o hipotética del porqué del suicida a abrazar la muerte –dejo esa tarea al lector–, sino construir análisis crítico, y presentar al suicida como un sujeto singular de resistencia a las normas establecidas».

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La inquisición de la psiquiatría y las psikhushkas de la unión soviética | Anónimo

«En 1954, los nuevos dirigentes del Presídium Supremo de la URSS comenzaron las rehabilitaciones de los presos del Gulag que habían sobrevivido pero pronto surgió un nuevo sistema de represión política: las psikhushkas o psicoprisiones. El punto de partida era claro, cualquier pensamiento “desviado”, una disidencia, era un síntoma inequívoco de desequilibrio mental. Como el propio Nikita Khruschev dijo en 1959 “podemos decir con claridad de aquellos que se oponen al comunismo que su estado mental no es normal”. Los pensamientos de la jerarquía política se extendieron con rapidez y rotundidad al ámbito sanitario. De una forma implícita primero y explícita después, los conceptos, definiciones y criterios diagnósticos de las enfermedades mentales se ampliaron para poder incluir bajo ese amplio paraguas teórico y práctico la desobediencia política. […] Para comprender el papel de la enfermedad mental en nuestra sociedad, conviene saber que nos encontramos en presencia de un fenómeno religioso, no científico.” El diagnóstico de “locura”, añade Szasz, ha sucedido, en nuestra civilización occidental, a la “posesión”. La bruja, los poseídos, molestaban, y eran, por tanto, eliminados por los inquisidores en nombre de la verdadera fe. Hoy, los psiquiatras son los nuevos inquisidores, y proceden a una eliminación semejante, pero ahora en nombre de la “verdadera” ciencia, de la verdad absoluta en la que se sustenta la Era moderna. Antaño se creía en la religión; hoy en la ciencia. Una prueba adicional, según Szasz, del carácter pseudo-científico de la enfermedad mental es la evolución de los diagnósticos según las costumbres y las variantes culturales. A fines del siglo XIX, los psiquiatras trataban sobre todo a los histéricos y epilépticos. La histérica, como la bruja de la Edad Media, era generalmente una joven. De hecho, explica Szasz, la histeria no es otra cosa que una categoría verbal inventada por Charcot, el maestro de Freud, para medicalizar los conflictos que surgen entre las mujeres jóvenes y su entorno. Hoy, la histeria ha desaparecido prácticamente, y sin tratamiento, como diagnóstico a caído en desuso. Ha sido reemplazada por la esquizofrenia y la paranoia. La conclusión de Szasz es que “lo que nos molesta ha evolucionado”. Ahora bien, los pretendidos enfermos mentales buscan precisamente incomodarnos: “La enfermedad mental es la mayoría de las veces una representación destinada al público.” La esencia de la locura es el disturbio social. Pero los “locos” hacen algo más que molestarnos. A pesar suyo, nos prestan también eminentes servicios. El concepto de “enfermedad mental” nos permite acomodar comportamientos que nos cuesta aceptar que puedan ser normales y ello porque atentan contra nuestro narcisismo primario. Conductas como, por ejemplo, el “crimen”, definición sujeta a la justicia de Dios, que ahora se manifiesta bajo el nombre de la ley. Hasta el siglo XVIII, el Mal era interpretado como una posesión por el diablo. Hoy, el Mal es necesariamente el signo de un trastorno genético y químico, Todo esto, según Szasz, tiene relación con el pensamiento mítico, no con la ciencia».

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